Es habitual ver empresas que valen miles de millones de dólares en el mercado sin haber reportado jamás una utilidad neta positiva. Para quien está acostumbrado a pensar la valuación en términos de “precio entre utilidad”, esto puede parecer contradictorio: ¿cómo se le pone precio a algo que, contablemente, todavía pierde dinero? La respuesta es que, cuando la utilidad no existe o es negativa, los inversionistas recurren a otras métricas que capturan el potencial futuro del negocio en lugar de su rentabilidad actual.
Por qué el múltiplo de utilidades deja de servir
El P/E ratio, la métrica más común para valorar empresas maduras, simplemente no funciona cuando el denominador —la utilidad— es cero o negativo: el resultado matemático no tiene sentido económico. Esto obliga a desplazar el análisis hacia otras variables que sí existen incluso en una empresa en pérdidas: los ingresos, el crecimiento, la eficiencia operativa y el tamaño del mercado que busca capturar.
Múltiplo de ingresos
La herramienta más usada en estos casos es el múltiplo de ingresos, ya sea como precio/ventas (P/S) o como valor de la empresa entre ingresos (EV/Revenue, que además incorpora la deuda). En lugar de preguntar cuánto gana la empresa, esta métrica pregunta cuánto están dispuestos a pagar los inversionistas por cada dólar de ingresos que genera, apostando a que esos ingresos eventualmente se traducirán en utilidad. Este múltiplo varía enormemente según el sector y el momento del mercado: hacia 2026, las empresas de software (SaaS) que cotizan en bolsa se valoran en una mediana cercana a 3.4 veces sus ingresos anuales, aunque las de mayor calidad y crecimiento pueden superar las 8 veces, muy por debajo de los máximos de 2020-2021, cuando ese múltiplo llegó a superar las 6 veces incluso para transacciones privadas.

La “regla del 40”: crecimiento más rentabilidad
Para empresas de software específicamente, existe un atajo muy usado entre inversionistas de capital de riesgo y analistas: la regla del 40, que suma la tasa de crecimiento de ingresos y el margen de flujo de caja (o de EBITDA) de la empresa. Si esa suma supera 40%, se considera un negocio saludable, sin importar si el crecimiento viene acompañado de pérdidas contables o de rentabilidad ya consolidada. Una empresa que crece 60% al año, aunque tenga un margen operativo de -20%, todavía “aprueba” esta regla, mientras que una empresa que crece solo 10% con un margen de 15% quedaría por debajo del umbral. Esta métrica ha ganado relevancia justo porque reconoce que, en las primeras etapas de una empresa, el crecimiento acelerado puede ser una decisión estratégica más que un fracaso.
Flujo de caja descontado
Otra alternativa es construir un modelo de flujo de caja descontado (DCF) que proyecte, a varios años, cuándo la empresa dejaría de quemar efectivo y empezaría a generar flujo positivo, y descontar esos flujos futuros a valor presente. La dificultad de este método es evidente: mientras más lejos en el futuro esté el punto de rentabilidad, más sensible se vuelve la valuación a supuestos difíciles de verificar hoy, como la tasa de crecimiento a largo plazo o la tasa de descuento utilizada. Pequeños cambios en esos supuestos pueden mover el valor estimado de la empresa de forma dramática, lo que explica por qué estas valuaciones tienden a ser más volátiles que las de empresas maduras y rentables.
Tamaño de mercado y participación potencial
Cuando ni siquiera los ingresos actuales son suficientes para justificar la narrativa de crecimiento, los inversionistas recurren al tamaño total del mercado direccionable (TAM, por sus siglas en inglés): una estimación de cuánto podría valer la industria completa en la que compite la empresa, y qué porción razonable de ese mercado podría capturar en los próximos años. Esta lógica ha sido central para justificar valuaciones elevadas en sectores emergentes, como ha ocurrido recientemente con varias empresas ligadas a la inteligencia artificial, donde el argumento de inversión depende más de la oportunidad futura que de los resultados financieros actuales.

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Métricas operativas que sustituyen a la utilidad
Además de estos métodos, los analistas revisan un conjunto de indicadores operativos que funcionan como sustitutos de la rentabilidad: la tasa de quema de efectivo (burn rate) y cuántos meses de operación le quedan a la empresa con el capital disponible (runway), la relación entre el valor de vida de un cliente y el costo de adquirirlo (LTV/CAC), y las tasas de retención de clientes. Una empresa puede no ser rentable todavía y, sin embargo, mostrar una economía unitaria saludable —es decir, que cada cliente individual sí genera valor positivo—, lo cual es una señal mucho más alentadora que el simple crecimiento de ingresos sin control de costos.
Un dato que pone esto en perspectiva
Vale la pena recordar que esta forma de valuación es, casi por definición, más especulativa que la de una empresa consolidada. De hecho, una de las razones por las que índices como el S&P 500 index tienen fama de representar a las empresas “ganadoras” de la economía estadounidense es que uno de sus criterios formales de inclusión exige rentabilidad sostenida: la suma de las utilidades de los últimos cuatro trimestres, y el trimestre más reciente por separado, deben ser positivos. Eso significa que muchas de las empresas valoradas exclusivamente por ingresos o por su potencial futuro simplemente no califican todavía para formar parte de ese índice, precisamente porque su historia financiera aún está en construcción.